En la cuerda floja. Riesgos sexuales y trabajo sexual masculino en Filipinas

Michael TAN

Para el público, son conocidos habitualmente como «call-boys». Hay otros términos tales como acompañantes, agentes de relaciones públicas y animadores.
Los trabajos académicos sobre los trabajadores sexuales masculinos han sido escasos, y de investigadores no filipinos. Whitam y Mathy (1970s) y Mathews (1987) describen el trabajo sexual masculino en relación a los turistas gay extranjeros.
Los escritos populares y académicos sobre el trabajo sexual masculino tienden al sensacionalismo, por ejemplo, Stamford (exagerando) describe a los varones filipinos como carentes de escrúpulos respecto al sexo de pago y escribía que «prácticamente todos» los varones adolescentes de la localidad de Pagsanjan (a unos 100 kilómetros al sur de Manila) se dedicaban al trabajo sexual.
Estas descripciones distorsionan la imagen, con serias implicaciones para la política y las intervenciones públicas, en especial respecto a la prevención del VIH/SIDA. Hay que analizar la demanda de trabajo sexual masculino y cómo esta demanda afecta a las percepciones de los riesgos y al comportamiento de riesgo.
En este capítulo presentaré en primer lugar un panorama del trabajo sexual masculino «formalizado» en Filipinas, para mostrar la diversidad de los trabajadores sexuales masculinos. A esto le seguirá un repaso sociohistórico para mostrar cómo las ideologías sexuales, en particular la construcción del bakla («varón homosexual») se relaciona con el trabajo sexual masculino. Describiré de qué modo las percepciones de riesgo se forman y reforman a través de la interacción entre los trabajadores del sexo y los clientes. En la última parte comentaré algunas de las implicaciones de este estudio en cuanto a la política y a la práctica.
Fuentes de información
Se basa principalmente en las entrevistas con trabajadores del sexo como parte de las intervenciones programadas por la Health Action Information Network (HAIN)(Red de Información de Acción Sanitaria), una ONG, de Filipinas. Desde 1995, la HAIN ha retirado su participación en proyectos formales y estructurados con trabajadores sexuales varones y ha limitado su actividad a visitas ocasionales a sus áreas de trabajo para breves actividades en talleres.
Este trabajo se centra en el trabajo sexual con clientes masculinos que se autoidentifican como gays o bisexuales. La clientela para el trabajo sexual masculino descrita en este capítulo provenía habitualmente, de sectores sociales de ingresos elevados.
Subsisten importantes lagunas en la información, debido a que el número de clientes que hemos entrevistado (204) es mucho menor que el de trabajadores sexuales. El trabajo sexual masculino evoluciona rápidamente. Al leer los trabajos académicos anteriores sobre el trabajo sexual masculino, se ven términos que ya no se usan, y cómo han cambiado las «reglas». Zonas de encuentro, locales y los propios trabajadores sexuales vienen y van. La permanencia media de los trabajadores sexuales masculinos en estos locales es de 3 meses
El interés se centra en identificar los contextos sociales y culturales. No se dan nombres de locales o de las zonas de encuentro existentes, ni los nombres de los trabajadores sexuales y gerentes. El trabajo sexual —masculino o femenino— es ilegal en Filipinas y la publicidad generada alrededor del trabajo sexual masculino, en reportajes periodísticos o en estudios académicos, suelen, con demasiada frecuencia, estigmatizar o dañar a los trabajadores del sexo.
Tipos de trabajo sexual masculino formalizado
En las Filipinas es importante distinguir el trabajo sexual «formalizado» de otras formas, como los encuentros de barrio o de comunidad. Formalizado se refiere aquí a la presencia de una red organizativa de gerentes y trabajadores, y a una estructura retributiva.
En términos generales, podemos identificar seis categorías de trabajadores sexuales masculinos:
  1. Transexuales y travestidos: Es curioso que las Filipinas tengan sólo un pequeño número de travestidos y transexuales que se dedican al trabajo sexual. Mientras que los travestidos públicos (bakla) son numerosos. Los clientes de este exiguo número de trabajadores del sexo travestidos y transexuales tienden a ser turistas varones que se identifican como heterosexuales. De todos modos, hay un notable número de bakla que trabajan haciéndose pasar por mujeres
  2. Profesores de baile: Los profesores de baile son hombres entre 20s-30s años que, dan clase en salas de baile a mujeres ricas de mediana edad. Junto a las clases de baile los hombres se convierten en compañeros constantes, lo que puede implicar también servicios sexuales. Los profesores de baile se parecen más bien a los gigolós estadounidenses.
  3. Trabajadores del sexo infantiles: En los años 1980s, se hicieron famosas por el trabajo sexual infantil, al que se dedicaban tanto niños como niñas. El comercio sexual se ha asociado aquí, sobre todo, con los turistas extranjeros, aunque no hay duda de que también existen clientes filipinos. Una legislación estricta ha permitido procesar al menos a 3 extranjeros y a 2 diputados filipinos, lo que ha llevado este aspecto del comercio sexual a la clandestinidad.
  4. Salones de masajes: Los salones de masajes con trabajadores sexuales masculinos se encuentran solamente en Metro Manila. Los clientes reciben un masaje convencional y luego se les pregunta si desean algún «servicio extra». El servicio sexual se realiza en el propio salón de masajes, aunque también pueden darse «servicios fuera». Los empleados de los salones de masajes suelen ser migrantes rurales, aunque también los hay que se han criado en la ciudad. Los empleados suelen aproximarse al tipo físico ideal del «verdadero macho»: tipos bien hechos. La relación entre el empleado y el cliente es bastante feudal. Los trabajadores del sexo llaman «señor» a sus clientes y no suelen hablar a menos que se les hable. Muchos viven en el propio salón de masajes y están sujetos estrechamente a las reglas del establecimiento.
  5. Trabajo sexual en bares: Están confinados a Metro Manila. Llamados habitualmente «gay bars» (bares gays), en ellos se ofrece espectáculos con «macho dancers» y hombres que actúan de mujer. A los trabajadores sexuales masculinos no se les permite acercarse a los clientes por propia iniciativa, sino que hay unos gerentes que actúan de chulos. Los clientes que se van fuera con un acompañante deben pagar una «cuota de bar». Los trabajadores de estos bares se han criado por lo general en la ciudad y deben ser capaces de mantener una conversación con sus clientes que mayormente son varones.
  6. Trabajo sexual autónomo: Los trabajadores sexuales masculinos autónomos pueden encontrarse en varias zonas de encuentro de las grandes ciudades de Filipinas: parques, centros comerciales, lavabos públicos y cines. Estas zonas de encuentro a veces se superponen a las utilizadas por los gays que van en busca de otros compañeros gays. No tienen chulos y tienden a trabajar solos. El acto sexual tiene lugar a veces en la propia zona de encuentro o en alguno de los numerosos moteles existentes en las ciudades filipinas para «sexo breve».
Hay diversidad en el trabajo sexual masculino en Filipinas, aunque los trabajadores sexuales pueden trasladarse de una categoría a otra. Existe una regla tácita según la cual un trabajador sexual no puede trabajar en dos establecimientos al mismo tiempo.
Contexto histórico e ideologías sexuales.
La mayoría de los filipinos son católicos, por lo que estarían de acuerdo con la afirmación de que «la homosexualidad es un pecado». Existe también una visión secular que considera a los homosexuales un «tercer sexo», casi como si la homosexualidad fuese innata. Este «tercer sexo» se denomina bakla, y se describe como «un hombre con corazón de mujer». El bakla se empareja con un «hombre de verdad». (heterosexual y viril o macho en su comportamiento). Las relaciones sexuales de un bakla con otro bakla se describen como «lesbianismo».
La libido masculina se considera muy fuerte y necesita ser satisfecha. Se acepta para un «verdadero hombre» tener relaciones sexuales con un bakla, mientras él mismo no se convierta en uno de ellos. Este es, en especial, el caso de los varones solteros, que no tienen acceso a sus novias porque se debe «respetar» a las muchachas y mantener intacta la virginidad femenina hasta el matrimonio. El acceso de los hombres a las muchachas que se dedican al trabajo sexual está también limitado por factores económicos. Todo esto deja a los bakla como «salida sexual». Algunos bakla tienen hombres casados como pareja.
Los hombres no deben pagar a los bakla por tener relaciones sexuales.
Un «verdadero hombre» puede también tener una relación duradera con un bakla, convirtiéndose en «novio» a cambio de regalos e incentivos económicos. Nótese que la relación no se considera de carácter comercial. Se considera una diversión casual o una relación entre un bakla y su novio.
Ser «hombre de verdad» implica asimismo otros roles de género, no hacen la colada, ni planchan la ropa, protegerán a su cónyuge bakla de otros hombres.
Los «hombres de verdad» pueden incurrir en arrebatos de celos y de violenta rabia si sus parejas bakla flirtean con otros hombres, aunque esta rabia no significa necesariamente que haya amor; nada ata a las dos partes en su relación
Los «hombres de verdad» destacan con énfasis que ellos nunca «cantarán» (harán una felación) ni «bailarán» (no harán sexo anal pasivo). Creen que si se practica la felación existe la posibilidad de que uno se «convierta» en bakla o gay, mientras que recibir sexo anal es anatema, prácticamente igual a convertirse en bakla. Esta noción se relaciona con la idea de que ser bakla es contagioso. Por ello la relación entre el bakla y el «hombre de verdad» es transitoria y, en cierto sentido, tensa, dado que el «hombre de verdad» trata de continuar siendo un «hombre de verdad», pues la ideología de género es tal que, desde el momento en que se convierte en bakla ya no resulta atractivo.
Tres características son especialmente importantes en estos arreglos bakla/novio:
  1. Suelen darse principalmente en los distritos de renta baja de las ciudades grandes y pequeñas
  2. El bakla y su novio suelen pertenecer a la misma clase socioeconómica.
  3. Estas relaciones no están estigmatizadas. Es «natural» que los hombres con necesidades sexuales busquen a los bakla ya que «no se pierde nada por hacerlo». Así, los acuerdos entre un bakla y su novio pueden ser bastante públicos.
Es difícil determinar cuándo comenzó el trabajo sexual masculino formalizado en las Filipinas. La documentación sobre el trabajo sexual femenino se remonta al período español (Tanetal. 1990; Camagay 1995), pero la, porque no existe documentación. Es probable que sea bastante reciente.
Sin embargo, las entrevistas con viejos gays informaron sobre burdeles masculinos existentes en los ghettos de Manila en los años 1960s, que parecen haber sido sustituidos por las salas de masajes, que empezaron a proliferar en los 1970s. Ofrecen habitaciones con aire acondicionado, una cama con colchón, lociones para masajes, condones y lubricantes.
Curiosamente, los «bares gays» son el otro tipo de locales que se convirtieron en el lugar para ejercer el trabajo sexual masculino. El término «gay» se hizo de dominio público en los años 1970s, importado obviamente de Occidente. Jóvenes de la clase alta filipina, muchos de los cuales habían estudiado en los Estados Unidos, hablaban ya sobre el hecho de ser «gay». Ser gay traía consigo connotaciones de liberación, que incluían una reorientación de sus preferencias sexuales.
El trabajo sexual formalizado, es una transacción de servicios, que implica remuneraciones fijas y una interacción social limitada al intercambio de dinero por servicios, que son muy diferentes de los encuentros de los bakla con «hombres de verdad». En este último acuerdo hallamos el intercambio de regalos basado en una forma de reciprocidad, y el «hombre de verdad» da sexo a cambio de dinero u otros beneficios económicos, pero sin estructuras remunerativas fijas.
Análisis de la demanda: ser varón y desear varones
Los trabajadores del sexo masculinos satisfacen la demanda de «hombres de verdad». Esto llega con las características físicas —el «buen pedazo» es deseable, por lo que los trabajadores sexuales necesitan trabajarlo—. Pero ser hombre implica algo más que lo meramente físico, pues los trabajadores sexuales están constantemente hablando de sus aventuras con mujeres. Muchos tienen parejas que viven en la casa o están casados, y alardean continuamente del número de hijos que tienen. No quiere decir esto que todos los trabajadores del sexo «sean» o «se identifiquen» como heterosexuales.
Mientras que la mayoría de los trabajadores sexuales masculinos tienen edades comprendidas entre los 18 y 24 años (ya algo mayores si se aplica a las trabajadoras del sexo), hemos encontrado algunos que son mayores de 30 años. Los trabajadores del sexo mayores entran en realidad en un nicho concreto del mercado: los hombres que son «papaítos» o que parecen padres.
Los trabajadores sexuales masculinos creen que su trabajo es denigrante porque tradicionalmente se considera que sólo las mujeres, han de hacer ese trabajo.
En Filipinas la gente suele referirse al sexo con el término «utilizar», porque el hombre «utiliza» a la mujer. Los hombres dicen «la he usado» cuando se refieren al sexo con mujeres, mientras que las mujeres dicen «me han usado» al referirse al sexo con hombres. Sólo en el caso de los trabajadores del sexo masculinos encontramos hombres a los que se describe como usados. No es sólo un asunto de sexo; algunos trabajadores del sexo se quejan de lo degradante que es ser «alquilado» o bailar en el escenario, pues estas actividades las realizan también las mujeres trabajadoras del sexo.

Trabaho lang yan (Es sólo trabajo)

Trataré las importantes percepciones del cliente y del trabajador sexual separadamente, enfatizando los procesos de «racionalización» y mostrando luego de qué modo éstos convergen en la percepción de riesgos.
Una observación frecuente de los trabajadores sexuales masculinos es «Es mero trabajo». Aunque la observación parece que incluye resentimiento, casi como si no existieran posibilidades de elegir. El resentimiento suele conectar con la culpa de que tener relaciones sexuales con otro varón es pecado. Los sentimientos no son exactamente homofóbicos, sino como algo degradante porque reduce al hombre al status de mujer.
Justifican el trabajo sexual considerándolo «empleo» y «buscarse la vida». Es normal que los trabajadores sexuales citen a sus familias como la razón de su trabajo y explican que su trabajo es para «ellos». En el caso de las mujeres trabajadoras sexuales los dependientes tienden a ser los hermanos o los padres. Respecto a los trabajadores sexuales masculinos el rol es el de sostenedor de la familia, que los trabajadores sexuales denominan «cabeza de familia», que cumple de nuevo las expectativas de un rol de género.
Trabaho lang significa también desexualizar el sexo «Cierro los ojos y pienso [que mi cliente] es una mujer». Aun así, los trabajadores sexuales masculinos, en especial los «acompañantes» que trabajan en los bares, son conscientes también de que deben desempeñar roles masculinos de cortejo, y hacer que el cliente lo encuentre deseable
Trabaho lang desexualiza el sexo por medio del fingimiento y de la abnegación.
Otro modo de racionalizar es considerar temporal el trabajo sexual. Por lo general los trabajadores sexuales no continúan en el mismo establecimiento o en el trabajo sexual más que unos cuantos meses.
El trabajo sexual masculino no es tan lucrativo como la opinión pública cree y cobran menos que sus colegas femeninas. La razón es que la competencia es bastante reñida, y la oferta suele ser mayor que la demanda.. Las noches del fin de semana atraen habitualmente a unos 70 trabajadores sexuales, lo que quiere decir que al menos 20 vuelven a casa con sólo los 50 pesos (2 dólares estadounidenses) de ayuda que les da el establecimiento.
Los motivos del trabajo del sexo no son solo económicos, tienen otras expectativas que les faciliten la movilidad social, estar con clientes bien relacionados que pueden ser la clave para otro trabajo. Otros trabajadores sexuales hablan de las posibilidades de vivir con el cliente

¿De qué modo, pues, se relaciona trabaho lang con las percepciones de riesgo?
  • distanciando o dicotomizando lo personal (por ejemplo, la identidad sexual) de lo profesional.
  • reconoce la importancia del cuerpo masculino como capital
  • los problemas de salud de los trabajadores del sexo masculinos son sistémicos y genéricos: cómo conservar la salud; cómo no comer demasiado; cómo no dormirse. Hay una obsesión con las vitaminas, que se consideran que lo mantienen a uno sano y que defienden de las enfermedades, incluido el VIH/SIDA y de las enfermedades de transmisión sexual (ETS).
  • los condones no son populares por varias razones: «reducen la sensibilidad» o «no funcionan».
  • pero lo que es más importante, es que el VIH y las ETS no se perciben como riesgos inmediatos.
  • Los riesgos percibidos no son las enfermedades, sino el no ser capaz de ganar dinero, y no ser capaz de conseguir un cliente para la noche.
  • Un «riesgo» importante observado en el trabajo sexual es la posibilidad de que uno pueda acabar convirtiéndose en «gay». Algunos están convencidos de que es el trabajo sexual lo que acaba transformando a un «hombre de verdad» en un bakla y no generaría dinero
Perspectivas del cliente: truco o trato.

Mientras que el trabajador sexual percibe que sus clientes son variados —bakla o «gays» y «bisexuales», por ejemplo—, las percepciones de los clientes suelen centrarse en la masculinidad del trabajador sexual: «Tiene que ser hombre».
¿De qué modo estas expectativas se transforman en percepciones del trabajo sexual masculino o de los trabajadores sexuales masculinos? Por un lado, se acepta que dado que los trabajadores sexuales son «hombres de verdad», el único papel que podrán jugar en la cama es el de aquel que simplemente yace y juega un papel pasivo.
Al mismo tiempo, los clientes piden que los trabajadores sexuales masculinos sean más activos, y que incluso asuman roles «femeninos» en la cama. Irónicamente, los problemas de los roles de género pueden haber creado asimismo nuevas formas de riesgo. Algunos bakla que hemos entrevistado nos dicen que a ellos también les gusta el sexo anal activo con los trabajadores sexuales masculinos pues, como explica uno de ellos «Hay emoción en el cambio de rol. Yo no quiero ser siempre la chica. imagínate, puedes ser capaz de controlar a un hombre corpulento»
La disonancia en los roles de género a veces se «resuelve» lingüísticamente; por ejemplo, una mamada de un trabajador sexual masculino es descrita como brocha, (cunnilingus). Yo todavía no he oído nada de semejante producción para «masculinizar» el papel de receptor en el sexo anal. Una racionalización más importante es el argumento de que los trabajadores sexuales masculinos sean probablemente gays, o tengan «tendencias gays»: «Es imposible que puedan hacer lo que hacen si no sintieran nada hacia otros hombres.». Tales «sospechas» poseen una función racionalizadora: «Lo quieren de todos modos. Nadie los fuerza». Tales racionalizaciones son una variante del argumento del trabaho lang, es decir, que se trata sólo de trabajo con el cualificador añadido de que uno puede elegir el trabajo.
Los trabajadores sexuales y los clientes admiten que gran parte del trabajo sexual masculino suele tener que ver con la fantasía y que el «control masculino» por parte del trabajador sexual masculino suele ser la representación de un rol.
Por un lado, el trabajador sexual masculino es deseable porque es masculino y, lo que es más importante, se puede obtener un «hombre de verdad» que haga cosas que no hacen los «hombres de verdad», tales como ser receptor en el sexo anal. Por el otro, existe el temor de que lo que hoy es «trato» se convierta mañana en «truco». Después de todo, uno paga para tener relaciones sexuales con un «hombre de verdad».
Se da una aceptación casi general respecto a que el trabajador sexual masculino debe ser gay: «mientras no empiece a hacerme guiños con la muñeca», dice con sarcasmo un cliente. ¿Cómo sucede esto? La deseabilidad del trabajador sexual masculino —su «masculinidad»— lleva consigo las connotaciones de «maldad» descritas antes. El trabajador sexual masculino tiene vicios, muchachos ociosos que se juntan a los bakla del vecindario.
Ser testarudos se convierte en parte de ser hombre, junto a todas las connotaciones de ser peligroso. Este es, en especial, el caso de los trabajadores autónomos. Los hombres homosexuales suelen contar historias de encuentros desagradables con trabajadores autónomos, que van desde extorsiones de poca monta al asesinato. El asunto de la extorsión es importante porque se relaciona con el temor a ser descubiertos. Esto es especialmente importante para los hombres gays que no han «salido del armario». Los trabajadores sexuales masculinos suelen tener conciencia de esta vulnerabilidad «influyentes: políticos; empresarios; actores; curas. Fáciles de chantajear». Tales riesgos se reducen en el caso del trabajo sexual efectuado en locales. La cuota de bar que se paga al establecimiento no es sólo por los costes de la ocasión, sino que también se convierte en una especie de seguro. Por ello las percepciones del cliente sobre los trabajadores sexuales se centran en la masculinidad, que es a la vez deseable y peligrosa. Lo ideal sería tener control sobre esta masculinidad, a través de la seguridad de los bares y de los salones de masajes y el uso de intermediarios tales como chulos y encargados.
El invitado, teléfonos móviles y Calvin Klein: ideologías de clase y trabajo sexual masculino
Es evidente que el trabajo sexual masculino se diferencia de la relación bakla/novio en que el cliente ejerce más control. Pero esta relación de poder no deriva sólo de las ideologías de género. En efecto, querría poder afirmar que el trabajo sexual construye ideologías de clase al igual que construye ideologías de género.
El trabajo sexual masculino formalizado parece haber surgido por la existencia de una clientela de clase alta urbana que posee ingresos disponibles. Las diferencias de clase entre el cliente y el trabajador sexual pueden ser bastante pronunciadas, lo que explica por qué los filipinos y los clientes extranjeros (al igual que los investigadores del trabajo sexual masculino) suelen pensar que los trabajadores sexuales son todos «pobres» cuando, de hecho, el origen de los trabajadores del sexo suele ser la clase media.
Las diferencias de clase forman las intersubjetividades, e incluso las definiciones de «masculinidad». La virilidad se describe a veces con la expresión «un cuerpo de trabajador de la construcción». Pero no son sólo los elementos físicos los que contribuyen a la masculinidad. Existe también el elemento de «maldad». Se proyecta hacia temores tales como que se puede ser objeto de robo, de asesinato, de contagio de VIH/SIDA.
Los temores de los clientes se transfieren asimismo a las preferencias por algún lugar concreto para realizar el sexo (los salones de masajes suelen ser los preferidos). Otros hombres gays afirman que los bares de alto standing son más seguros porque los trabajadores sexuales son más de clase media, educados y «más disciplinados».
Las transacciones son extremadamente feudales en estos establecimientos, en particular en los salones de masajes, donde el trabajador sexual se dirige al cliente llamándole «señor».
En el trabajo sexual masculino formalizado las ideologías de género convergen con las ideologías de clase que, en ese proceso, adquieren una nueva forma. Por ejemplo, el deseo y la masculinidad se reformulan claramente. En los dos últimos años, los bailarines macho han empezado a pavonearse llevando gafas de sol Ray-ban y pantalones vaqueros Levi y buscadores o teléfonos móviles colgados llamativamente del cinturón. Los bailarines pueden llegar a quitarse los vaqueros para mostrar —lo que es algo extrañamente uniforme en todos los bares— su ropa interior de marca Calvin Klein. Las marcas y los móviles son, naturalmente, los símbolos de status habituales. Cuando pregunto a los trabajadores sexuales qué imagen tratan de proyectar, nos responden que de «estudiante
Algunos bares tienen reglas estrictas en las que se incluye la finalización del empleo en caso de «contratas independientes» realizadas fuera del establecimiento
La situación es más difícil en los salones de masajes y en los bares debido a que los trabajadores sexuales tienen aquí menos autonomía: el gerente-chulo es un poderoso intermediario. No es sorprendente que a los trabajadores sexuales no les guste el «servicio a domicilio», en especial con clientes nuevos. Describen esta situación como de riesgo, no exactamente porque no conozcan al cliente, sino porque entrar en casa de una persona más poderosa reduce ulteriormente su capacidad para protegerse: «Una vez que entras en su casa, ya está. Es su territorio».
Los sentimientos hacia los «invitados» ricos son ambivalentes. Por un lado, existe la intimidación y el poder que estos clientes ejercen. Con todo, muchos trabajadores sexuales dicen también que prefieren clientes ricos, porque se los considera posibles conexiones para trabajos mejores y se consideran «más seguros». A los clientes ricos se les pone esta etiqueta de decentes: «Son profesionales. Otros son incluso doctores» «Son educados». Esto va acompañado de desprecio hacia los bakla de clase baja: «Son sucios, otros huelen mal, son ruidosos y son vulgares».
Una perspectiva consumista está presente: que uno paga por cierto tipo de sexo y que uno ha de obtener el equivalente del dinero que se ha gastado. Se trata de una «simple» transacción con pocas expectativas, a diferencia de un encuentro entre un bakla y una persona «de reserva» del vecindario, donde hay rituales de flirteo y de cortejo, y se reconoce que puede desarrollarse una relación potencial. En el trabajo sexual formalizado, estas expectativas pueden estar presentes, pero la mayoría de las veces, un call-boy está para realizar una actividad que se paga por un período de tiempo claramente delimitado: una hora de charla, tres horas de sexo.
Recomendaciones para la intervención
Son necesarias etnografías del espacio, del lugar, de los actores y de los motivos con el fin de guiar las futuras intervenciones respecto a los trabajadores sexuales masculinos. Sin esta información, las prioridades pueden quedar descolocadas.
Otro ejemplo de las consecuencias del desfase entre investigación y práctica proviene de la moda de preparar a educadores que procedan de los trabajadores sexuales. Esto presupone que existan las relaciones entre iguales. Nuestra investigación sugiere que los grupos de iguales no existen más allá de grupos de 4 ó 5 personas. En efecto, los trabajadores sexuales masculinos pueden ser bastante individualistas, considerando a los demás como amenazas. La HAIN ha abandonado la educación de iguales por otras razones prácticas, en particular por el hecho de que los trabajadores sexuales masculinos entran y salen de su trabajo, y muchos permanecen en él por períodos cortos. Es necesario un punto de vista más centrado, que asegure una corriente de información constante debido a la rápida rotación, mientras proporciona referentes para los problemas más serios que los trabajadores sexuales puedan tener, biomédicos o psicosociales.
Las sesiones interactivas son importantes para los trabajadores sexuales para identificar sus preocupaciones y problemas. Es raro que el VIH/SIDA sea una preocupación que les «haga perder la cabeza».Se percibe como una enfermedad transmitida por las mujeres a los hombres, por lo que el sexo con otros hombres no se considera especialmente peligroso. Todas estas percepciones, y la paralela construcción del riesgo, han sido escasamente investigadas por el Departamento de Sanidad o por las ONG. Esto significa que las intervenciones actuales pueden hacer más mal que bien.
He insistido en la importancia de una perspectiva sociohistórica que considere el modo en que se ha formado el trabajo sexual en relación a las ideologías sexuales y de género. He mostrado cómo la demanda de trabajadores sexuales masculinos en las Filipinas se centra en el deseo de los bakla de disponer de «hombres de verdad», que ha pasado de marcos informales, que implicaban intercambios de regalos para el «novio», a marcos formalizados de transacciones de mercancías en los que uno paga por el sexo. Al mismo tiempo, he mostrado cómo incluso en marcos formalizados, permanecen muchos aspectos de la «antigua» ideología, tales como ciertos roles de género y expectativas tales como la búsqueda de un compañero y de potenciales relaciones. El trabajo sexual masculino se relaciona estrechamente con el modo cómo la «vida gay» evoluciona en las Filipinas.
Una ulterior complicación respecto a la capacidad de los trabajadores sexuales para negociar es el modo en que la oferta supera la demanda.
Una perspectiva sociohistórica significa asimismo ser capaz de controlar las tendencias en el trabajo sexual y hacer frente a nuevas necesidades. Por ejemplo, vemos a más personas que se autoidentifican como gays incorporarse al trabajo sexual. Ha habido problemas de discriminación entre los trabajadores del sexo, lo mismo que por parte de los clientes que descubren que son gays.
El trabajo sexual masculino formalizado sigue constituyendo, de hecho, sólo una pequeña porción del «trabajo sexual» en su sentido más amplio. Pero se está haciendo poco para llegar a los sectores informales de trabajo sexual «ocasional» o al de los «hombres que tienen relaciones sexuales con bakla».
¿estamos cayendo quizá en la trampa de calificar a los bakla y sus encuentros callejeros de peligrosos cuando en realidad las condiciones controladas de los bares de alto standing pueden, resultar más peligrosas?
¿Desde cuándo las implicaciones de las esporádicas charlas de una hora sobre SIDA acompañadas por las pruebas del VIH que se hacen en estos establecimientos, contituyen las pruebas exigidas por los propietarios de los bares y por los propios clientes?
¿A qué seguridad, a qué riesgos nos estamos refiriendo? «en la cuerda floja», se convierte en una metáfora apropiada para el trabajo sexual masculino, al describir no sólo el sexo que es «necesario» realizar, sino también los numerosos actos que nos permitan hallar un equilibrio entre la propia imagen, la identidad sexual, la comprensión «del otro», y el riesgo como tal. En última instancia, debemos preguntarnos: exactamente, ¿quién está en la cuerda floja?

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